El Sol: motor del clima espacial y generador de auroras extremas

El aumento en la visibilidad de las auroras se debe al ciclo solar y su impacto en la atmósfera terrestre, amplificado por la tecnología que facilita su registro y difusión.

Comprender el reciente incremento en la visibilidad de las auroras nos lleva a mirar hacia el Sol, el verdadero motor del clima espacial. Toda actividad en la atmósfera terrestre relacionada con las auroras tiene su origen en los procesos físicos del Sol: desde la generación de campos eléctricos y magnéticos hasta las eyecciones masivas de alta energía hacia el sistema solar. De acuerdo con la física espacial Tamitha Skov, quien dialogó con New Scientist, la dinámica interna del Sol, guiada por fuerzas y procesos invisibles, determina la frecuencia e intensidad de estos fenómenos en la Tierra.

El Ciclo Solar y su Impacto sobre las Auroras

Según New Scientist, uno de los principales responsables del auge actual de las auroras es el ciclo solar, en especial el llamado ciclo de Schwabe, que se repite cada 11 años. Durante el mínimo solar, el Sol permanece relativamente tranquilo y su campo magnético está más organizado, lo que implica baja actividad espacial. Con la llegada del máximo solar, la situación cambia drásticamente: el campo magnético se desorganiza, el número de erupciones y eyecciones aumenta, y la atmósfera terrestre se ve bombardeada por partículas energéticas. Este estado inestable es comparado por Skov con una lámpara de lava encendida, donde múltiples “islas” de plasma y campos magnéticos interactúan de manera caótica, liberando impulso energético y facilitando la aparición de auroras extremas.

Factores Tecnológicos y Sociales: Una Nueva Percepción de un Fenómeno Antiguo

Más allá de lo que ocurre en el Sol, la percepción de un auge inédito en las auroras también se debe a cambios sociales y tecnológicos. En la actualidad, la existencia de cámaras digitales extremadamente sensibles y el auge de las redes sociales permiten que la población comparta instantáneamente imágenes de auroras desde cualquier punto del mundo. Antes, cuando se producían tormentas solares intensas, no había forma de documentarlas ni difundirlas de forma masiva. Esto, junto con el avance tecnológico en instrumentos de observación, contribuye a una sensación de excepcionalidad, pese a que las auroras han estado presentes históricamente aunque a menudo resultaran demasiado tenues para el ojo humano.

Cambios en el Campo Magnético Terrestre y su Efecto en las Auroras

El campo magnético de la Tierra tampoco permanece inmutable, y sus alteraciones influyen directamente en la ubicación y extensión de las auroras. Actualmente, se observa un leve debilitamiento del campo magnético, causado por la disminución de la agitación en el núcleo terrestre. Este cambio permite que las partículas energéticas penetren más profundamente en la atmósfera, extendiendo la visibilidad de las auroras a latitudes más bajas de lo habitual. El desplazamiento de las zonas aurorales responde entonces a una evolución conjunta del sistema Tierra-Sol.

Pese a la sensación de estar viviendo un ciclo solar fuera de norma, la comunidad científica aclara que el actual ciclo 25 es en realidad promedio en cuanto a intensidad. Las anomalías ocurrieron en el ciclo 24 y en parte en el 23, ambos de baja actividad. Hoy, el Sol ha retomado niveles más típicos de actividad, aunque la sociedad, habituada a la calma solar de la última década, percibe el comportamiento actual como extraordinario.

La proliferación de auroras, aunque fascinante, refleja un incremento en los riesgos asociados al clima espacial severo. Las grandes tormentas solares alteran el campo magnético terrestre y pueden inducir peligrosas corrientes en infraestructuras eléctricas, como las redes de distribución y los transformadores. Las interrupciones pueden ser rápidas e inesperadas si no se toman precauciones, como desacoplar temporalmente los transformadores de la red. Del mismo modo, los sistemas de navegación por GPS han experimentado interrupciones, especialmente grave para sectores agrícolas cuya productividad depende de la geolocalización precisa, como ocurrió en la siembra de cultivos subterráneos tras una tormenta reciente.

El clima espacial representa una amenaza aún mayor para las misiones fuera de la atmósfera, como las futuras expediciones a la Luna o Marte. Sin la protección natural de la atmósfera terrestre, los astronautas y los equipos deben resguardarse de la radiación y las tormentas de partículas de alta energía. Se estudian alternativas como enterrar bases lunares bajo capas de regolito o desarrollar escudos magnéticos artificiales. Durante la era Apolo, una tormenta solar extremadamente potente en 1972 estuvo a punto de coincidir con las misiones lunares; de haber estado los astronautas en la superficie, el desenlace habría sido letal.

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